099 (Belén Poleto)
En el otoño de 18..., mientras viajaba por las
provincias meridionales de Francia, mi camino me condujo a pocas millas de
cierta Maison de Santé, o manicomio privado, del cual mucho había oído hablar a
mis amigos médicos de París. Al parecer, una noche de tormenta por la madrugada
un grupo de residentes había huido a través de las alcantarillas que rodean el
predio. Era mi trabajo como investigador determinar qué era lo que había pasado
y a donde habían escapado los pacientes. Estacioné el auto en la entrada
principal.
Miré a los costados me di cuenta de que todas
las ventanas estaban enrejadas, con barrotes verticales, que parecían de
hierro, pero tenían un color rojizo, el tiempo deja rastros y estos barrotes no
era la excepción, me recordaban a la cárcel de Nantes.
Al cruzar la puerta el olor a naftalina y
alcohol me revolvió el estómago. La recepcionista me guio a través de un
pasillo eterno, lleno de puertas que tenían una reja pequeña que dejaba ver a
pacientes; la gran mayoría perdidos y desconectados de la realidad. Desde los
cuartos se escuchaban muchas cosas, gruñidos, insultos, gritos; pero, sobre
todo, risas estruendosas.
La recepcionista me guió a una oficina—Toque la
puerta 022, espere que el director lo deje pasar—, habló, dejándome en frente a
un pasillo con un cartel que decía “Administración”. Un toque, dos toques. Al
tercero escuche una voz —Adelante. Lo estábamos esperando. Mi nombre es Grégoire—dijo
un hombre de unos 60 años, estrechando la mano. Hablaba apuradamente y se
notaba, por el sudor en su frente, que estaba nervioso. —Se escaparon por la
cloaca que atraviesa planta baja, entre los cuartos 090 y 099. Había in boquete
en la 095 pero es raro porque el paciente sigue ahí. Es un señor ciego, siempre
desvaría, seguro ese no fue, no sabe ni que hay un boquete. Todavía nadie los
encontró, no sé qué pueda llegar a pasar— las manos le temblaban mientras me
entregaba los informes de los pacientes.
—Para algo estoy investigando. ¿Hay algo más que
deba saber? —. Se paró y empezó a caminar hacia la puerta —Va a escuchar muchas
cosas raras de los pacientes. No les crea. Están todos locos. Si me disculpa
tengo reunión con las autoridades, au
revoir—
Decidí ir a ver a los pacientes que se
encontraban entre los cuartos 090 y 099. Volvieron a oírse los gritos con mayor
fuerza y al parecer más cerca se repitieron por tercera vez con mayor
intensidad, venían desde el cuarto 095. Ahí estaba el boquete. Pedí que me
abran la puerta para hablar con el paciente, —ceguera y demencia— decía el
informe que me había dado el doctor.
—Bounjour,
soy el detective Pierre. Vengo a investigar el escape que se dio hace
algunas semanas—. Un paciente ciego no me podía ser me mucha ayuda —No ve nada—
me dije a mi mismo, o al menos es lo que pensaba.
—Salut—
respondió un hombre que rozaba los 80 años, vestido con una camisola blanca
manchada de comida —¿que lo trae a hablar con un ciego? — sonaba cuerdo. Al
contrario de lo que me habían comentado. Antes de que pudiese preguntar algo,
dijo entre sonrisas —si es por el boquete, no sé qué pasó… no vi nada. —
Según el director, no sabía. —¿Cómo sabe eso?
¿No es usted ciego? —
—Soy ciego, no sordo. — Respondió desafiante. —¿Se
piensa que una cancela a la otra? Está equivocado. Así como que yo esté acá no
significa que sea un viejo senil. Usted juzgará. Verá, usted me ve en un cuarto
de no más de 16 metros cuadrados, sin baño, medio sucio y con olor alabandina.
La mitad de la gente acá no está loca, está presa. Yo Soy un preso—
Recordé las palabras del director. —Entiendo lo
que dice, pero no estoy acá para recibir quejas, ¿Escuchó a alguien haciendo el
boquete?
—No solo escuché. Ayudé, ese boquete es obra
mía, diría que este edificio está hecho casi de cartón. Tengo 80 años, ya no me
queda más vida, pero no son condiciones estas. Se escaparon 5 personas. Todas
de menos de 40. No están locos, estaban presos. Y yo los ayudé— respondió
parándose de la silla en la que estaba sentado y comenzando a tantear la pared
en busca de algo.
—¿Usted rompió las cerámicas? ¿Y excavo tres
metros hasta la cloaca? —
—Si, con ayuda de mi vecino— dijo, pasando la
mano por la pared y encontrándose con una toalla colgada. Al correrla se
descubrió un agujero en la pared. —Acá hay locos, pero también gente muy
creativa. Los gritos tapaban parte del ruido, abrimos 4 paredes y nadie se dio
cuenta, y solo con uno de los barrotes de la ventana — Dijo, esbozando una
sonrisa. —En un momento pensé en escaparme, pero desistí. ¿Puede imaginar usted
las historias o rumores? ‘Pero, al fin,
tras escapar por una cloaca, uno de los prisioneros logró poner en libertad a
los demás’ — Se volvió a sentar. —Si me muero, me muero como un héroe.
Espero que sepa guardar el secreto, señor detective. De todas maneras, nadie le
va a creer, solo soy un viejo loco— dijo, largando una risa estruendosa.
Te felicito Belén!
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