El cuarto del fondo (Belén Poleto)
Julio era un banquero
retirado desde hacía ya cinco años. A sus 75 años, decidió jubilarse; ya estaba
cansado, sus hijos se habían independizado. Y su esposa había fallecido. Sus
aportes alcanzaban para mantenerse por su propia cuenta. Después de jubilarse,
decidió vender su casa y mudarse a una casa que tenía en San Telmo. Entre
semana el barrio era tranquilo, pero los domingos al mediodía la feria lo
llenaba de gente. El 16 de Marzo, la feria trajo más gente de lo normal. Entre
los manteros y la gente era muy difícil caminar. Julio lo podía ver todo desde su
ventana, la cual mostraba desde la puerta de su casa hasta el fin de la cuadra.
Cuando se decidió a prepararse el almuerzo, alguien toco el portero.
—Aló—respondió, un tanto cauteloso—¿Quién es? —nadie respondía, hasta que una voz nerviosa habló.
—Hola. Me robaron. Necesito un teléfono para avisar
qué pasó. ¿Podría usar el suyo? —Julio desconfió. Él no
tenía teléfono celular, así que tendría que dejar pasar a alguien que no
conocía. Recordó que esos robos eran muy comunes y la chica sonaba bastante
asustada. Salió por su ventana para poder ver quién era la que estaba del otro
lado del portero. Una chica joven, de no más de veinticinco años. Le recordó a
su nieta.
—Ya bajo, vas a tener que entrar, solo tengo
teléfono fijo—respondió el hombre, y cortó. Al abrir la puerta se encontró con
unos ojos angustiados.
—Pasá. Te hago un té mientras llamas. Estas cosas
suelen pasar—dijo, invitándola a pasar—Ahí está el teléfono. Hace las llamadas
que quieras. Yo voy a la cocina—. Mientras él preparaba té, podía escuchar a la
muchacha hablando por teléfono.
—Acá está el té. Y ahí hay azúcar, te va a hacer
bien—dijo el hombre, dejando la taza en la mesa ratona del comedor.
—Gracias—respondió la chica —. En media hora me pasan a buscar, no quiero ser
una molestia—dijo antes el tomar el primer sorbo de té.
—Quédate tranquila, no es molestia—
—Que linda casa que tiene, clásica. Los muebles
también. Soy estudiante de arquitectura y las casas de San Telmo son parte de
mi tesis, por eso estaba acá. ¿Le molesta si la recorro? Nunca estuve adentro
de una y me puede servir mucho—preguntó la joven.
—Para nada, te acompaño—. En cada cuatro la muchacha
se paraba y miraba las paredes, las ventanas y las puertas. Le llamaban la
atención, cosa que Julio no entendía.
—¿Qué hay en esa habitación? —. Llegando a la habitación al final del pasillo.
—Es una habitación cualquiera, no encontré la llave
y nunca la intenté abrir—dijo el hombre mientras veía como la chica hacía
fuerza para abrirla. La puerta hizo un ruido estruendoso y se abrió, revelando
un cuarto lleno de polvo, oscuro y húmedo. Ambos entraron a investigar.
—¡Qué
extraño! —dijo la muchacha, avanzando cautelosamente—. ¡Qué puerta más pesada!
La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
—¡Dios
mío! —dijo el hombre—. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro.
¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
—A los
dos no. A uno solo —dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapareció.
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